El anciano y el
periquito
Era
un bosque encantado. No por tener duendes, sino por el maravilloso canto de las
aves y los divertidos sonidos de los mamíferos. Cerca del bosque vivía un
anciano que, como ya no tenía que trabajar como en su juventud, se dedicaba a
dar largos paseos. Para él, caminar por entre los árboles era llenar los
pulmones de aire fresco y el corazón de ilusión. Su momento favorito era
sentarse a descansar apoyando la espalda en el tronco de un gran árbol. ¡Era un
hombre feliz!
Pero
un día de primavera, sintió un suave golpecito en el suelo, justo detrás de él.
Se giró y, entre las hojas secas, vio a un polluelo. Era tan pequeñito que no
tenía ni plumas.
—¡Dios
mío! —exclamó el anciano de inmediato—. ¿Cómo es posible que te hayas caído del
nido? ¿Y ahora qué hago yo contigo?
El
nido estaba en lo alto de un árbol. Se dio cuenta de que era un periquito "porque
sus papás revoloteaban a su alrededor". Pero no podían rescatarlo y
llevarlo al nido. Al ver que el anciano lo tomaba en sus manos con muchísima
ternura y lo acariciaba, los papás pájaros se tranquilizaron y supieron que
estaría a salvo.
El
anciano se preguntaba: «¿Qué le podré dar de comer?». De pronto, recordó su
infancia. Cuando era niño, sus padres lo mandaban a cuidar los campos de cáñamo
para que los gorriones no se comieran las semillas. Él los espantaba, también
usaba un espantapájaros hecho con un palo en forma de cruz y una chaqueta
vieja.
—¡Ya
sé! —pensó—. Iré a buscar cañamones, le abriré el piquito con cuidado y se los
daré.
¡Y
vaya si acertó! Al periquito le encantaban. El ave fue creciendo fuerte y el
anciano lo llevaba siempre al bosque para que se acostumbrara a la naturaleza,
con la idea de que algún día fuera libre. ¡Pero el periquito no quería
separarse de él! Con sus uñitas se agarraba fuerte a los hombros del anciano.
A
veces, el hombre se recostaba en su árbol preferido y cerraba los ojos,
haciéndose el dormido, para ver si el periquito aprovechaba la oportunidad de
volar en libertad. ¡Pero qué va! El periquito caminaba desde su hombro hasta su
frente y, con el piquito, le hacía unas cosquillas tremendas en la mejilla.
El
anciano, aguantándose la risa, habría un ojo y le decía:
—¡Déjame
dormir, pilluelo, que me estás haciendo cosquillas!
Al
escuchar su voz, el periquito saltaba feliz de nuevo al hombro. Esto al anciano
le divertía muchísimo.
Pasó
el tiempo y el anciano pensó: «¿Y si le enseño a hablar?». Estaban tan unidos
que el ave aprendía rapidísimo. El anciano siempre le decía: «¡Eres muy
bonito!», y el ave lo repetía cada día. Un día, el anciano le preguntó jugando:
—¿Cómo
es el periquito?
Y el
ave respondió clarito:
—¡Soy
un periquito chiquitín!
El
anciano se quedó asombrado. ¿Cómo era posible que dijera esa frase tan larga?
¡Ah, claro! Recordó que cuando el ave era un tierno bebé, él le repetía
siempre: «Es un periquito chiquitín». ¡El animalito lo había guardado en su
memoria!
Cada
día iban juntos de la casa al bosque y del bosque a la casa. La amistad era tan
hermosa que los demás pájaros sintieron curiosidad. Un día, unos canarios
silvestres los miraban desde las ramas.
—Nosotros
también queremos acariciar a ese anciano que ama tanto a la naturaleza
—gorjeaban entre ellos.
Entonces,
el canario más atrevido voló y se posó justo en la cabeza del anciano. Con su
piquito, empezó a peinarle las canas con delicadeza. ¡Aquello era un
espectáculo! Mientras el periquito le hacía cosquillas en las mejillas, el
canario le acomodaba el despeinado cabello.
Pasaron
las estaciones. El periquito ya había crecido y tenía edad de buscar una
pareja; en el bosque ya se veían otras periquitas revoloteando. En casa, el
periquito era el rey: volaba a sus anchas por todas partes, y en cuanto el
anciano lo llamaba, acudía rápido a su mano. Había un cariño gigante entre los
dos.
Pero
un día, el periquito le hizo unas caricias muy extrañas. Le picó suavemente los
labios, como si fuera a darle un tierno beso de despedida. Y así fue.
Esa
tarde, el anciano lo llamó y lo llamó:
—¡Periquito!
¡Periquito!
Pero
ya no hubo respuesta. Buscó por todos los árboles cercanos a la casa, pero el
bosque estaba en silencio. El periquito había volado para formar su propia
familia.
A
pesar de la despedida, el anciano siguió yendo al bosque todos los días. La
naturaleza tiene sus reglas y los animales deben ser libres, pero al anciano le
seguían fascinando los sonidos del bosque. Y, sobre todo, nunca, nunca perdió
la esperanza de mirar hacia una rama y volver a ver a su querido periquito
chiquitín.
MORALEJA:
La auténtica felicidad está en saber que ayudamos a alguien a crecer fuerte, a
volar alto y a cumplir sus propios sueños.
14/06/2026
14/06/2026
JUAN GARCÍA INES
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