sábado, 25 de julio de 2026

El mono travieso el niño y la selva

 

 El mono travieso el niño y la selva

Había una vez un niño que vivía con sus padres en una cabaña de cañas, justo en los márgenes de la gran selva. En las rendijas de la cabaña se cobijaban arañas y toda clase de insectos, pero al pequeño no le daban ningún miedo. Incluso las serpientes se acercaban por allí en busca de ratones. Ellas no querían morder al niño, ¡solo iban a por su cena, porque a las serpientes les encantan los ratones!

Cuando el niño oía su siseo: «¡Sssss, sssss!», avisaba de inmediato a sus padres.

En la selva también se escuchaba el chillido de los monos, aunque eran muy tímidos para acercarse. Todos menos uno. Había un monito muy travieso y atrevido que siempre estaba en las copas de los árboles, observando en silencio los movimientos de la familia.

Al niño le encantaba jugar con la tierra y las plantas, por lo que siempre terminaba lleno de barro y verdín. Su madre, con paciencia, le lavaba la ropa y la tendía en unas cuerdas al sol para que se secara.

El monito miraba fascinado cómo el niño se colocaba los pantalones y la camisa, y pensaba: «¿Podré ser yo igual que ese niño?».

Un día, aprovechando un descuido, el mono bajó del árbol, corrió hacia el tendedero, robó los pantalones y la camisa, y se internó en la selva. Al verlo llegar, los demás monos le preguntaron asombrados:

—¿Para qué traes eso?

El mono les explicó lo que había visto y, con mucho esfuerzo, empezó a vestirse. ¡Los demás monos se destornillaban de risa al verlo tan estrafalario!

Mientras tanto, en la cabaña, la madre buscaba la ropa extrañada:

—¿Dónde están tu pantalón y tu camisa? —le preguntó a su hijo.

—¡Yo no los he cogido, mamá! —respondió el pequeño.

—Qué raro... Viento no hace como para que se los haya llevado.

Al día siguiente, pasó exactamente lo mismo.

—Aquí ocurre algo extraño —sospechó la madre.

La mujer lavó la ropa de los adultos y no pasó nada, pero en cuanto colgó la del niño... ¡desapareció! Así que decidió esconderse detrás de unos matojos a vigilar. Al poco rato, vio cómo un mono descendía ágilmente de un árbol directo hacia la ropa. ¡La madre lo pilló con las manos en la masa!

—¡Conque eras tú el que robaba la ropa! —exclamó saliendo de su escondite.

El mono, asustado, comenzó a tartamudear:

—¡S-sí, pero es que yo veía al niño vestirse y quería imitarle! ¡Por favor, no me haga daño! —suplicaba el monito—. Solo quería que mis amigos y yo nos vistiéramos como el niño para parecernos a ustedes, los humanos.

La madre, ablandada por la ternura del animal, sonrió y le dijo:

—Veo que eres un mono muy inteligente. Pero ¿no te das cuenta de que ustedes ya tienen un pelaje espeso que los protege del frío y de la lluvia?

—Sí, ya lo sé... —respondió el mono—, pero quería parecerme a vosotros, y con la ropa no se me ve el pelo.

—Bueno, bueno, mira —dijo la madre con una sonrisa—, tengo mucha ropa vieja en la cabaña. ¡Coge lo que quieras!

El mono, feliz, aceptó el regalo. Regresó a la selva caminando orgulloso, vestido con un traje, corbata y zapatillas. Al verle tan guapo, todas las monitas se ponían a su lado para admirarlo. Sin embargo, el mono jefe de la manada se acercó a él y, con tono serio, le dijo:

 

—La naturaleza tiene sus normas, amigo. Lo que estás haciendo es un mal ejemplo para el resto del grupo. Así que quítate eso, coge toda la ropa y devuélvesela a sus dueños.

El monito, cabizbajo, regresó a la cabaña. El niño, al verle devolver las prendas, le preguntó extrañado:

—¿Por qué la traes de vuelta? ¡Si te la habíamos regalado!

—Sí —respondió el mono con una sonrisa—, pero el jefe me ha recordado que la naturaleza ya nos ha dado protección de otra forma.

A partir de ese día, el mono y el niño se hicieron grandísimos amigos y juntos recorrían la selva. A veces, el mono trepaba a toda velocidad por los troncos y animaba a su amigo:

—¡Sube, dale, ven conmigo!

—¡No, no! ¡Me da mucho miedo y me puedo caer! —respondía el niño desde el suelo.

El mono, colgado de una liana, reflexionó:

—¡Lo ves! Cada uno tenemos nuestras propias habilidades. Si yo llevara tu ropa y tus zapatillas, tampoco podría trepar bien. Así pues, la naturaleza ha vestido a cada especie a su manera para poder sobrevivir.

Y así, comprendiendo que sus diferencias los hacían únicos, el niño humano y el mono de la selva demostraron que los racionales y los irracionales pueden ser los mejores amigos del mundo.

 

MORALEJA:

Intentar ser alguien que no eres, solo te privará de disfrutar de tus propias habilidades.

 

 

 28/05/2026

                             JUAN GARCÍA INES

 

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