El
niño que hablaba con las perdices
Era
un hermoso bosque de pinos, encinas y mucho matorral. Los humanos lo utilizan
como coto de caza, pero en medio de tanta naturaleza, había cuatro casitas.
Allí vivía un niño que, al salir del colegio, corría a disfrutar de la flora y
la fauna. Le encantaba respirar el aire fresco y húmedo de ese entorno natural
y caminar por los senderos cercanos a su hogar. ¡En esos paseos siempre había
alguna sorpresa!
El
niño siempre llevaba un garrote en la mano. Por allí cruzaban muchas culebras,
ya que era una zona templada y algo pedregosa. En una de sus caminatas, una
culebra se puso erguida, lo miró fijamente y le preguntó:
—¿Para
qué llevas ese palo en la mano?
El
niño, un poco avergonzado, no supo bien qué decirle.
—No...
no es para nada malo, solo me sirve de ayuda para caminar —respondió, sin
decirle toda la verdad.
La
culebra, mirándolo de reojo, siguió su marcha. En el fondo, el niño sabía que
las culebras son muy importantes para el equilibrio de la naturaleza y hay que
protegerlas.
Llegó
la primavera y el valle se llenó de música. El canto de las aves resonaba por
todas partes: cuervos, urracas, herrerillos, torcaces, faisanes... ¡Incluso se
veían zorros y jabalíes correr a lo lejos! Y por supuesto, estaban las
perdices. ¡Ah, las perdices! En este mundo, los cazadores siempre intentaban
capturarlas porque decían que eran un plato exquisito.
Pero
nuestro amiguito luchaba contra ellos, buscando y destruyendo los cepos y lazos
que dejaban escondidos.
Un
día, escuchó un aleteo desesperado. ¡Era una perdiz atrapada de una pata por un
lazo! La pobrecita, muy temblorosa, le rogaba con la mirada que no le hiciera
daño. El niño la cogió con muchísimo cariño, rompió el lazo y se la llevó a su
casa para protegerla.
Mientras
caminaban, la perdiz le susurró asustada:
—¿No
me llevarás a tu casa para darte un banquete con mi carne?
—¡Claro
que no! —respondió el niño con una sonrisa—. Te traigo para curarte.
Después
de limpiarle la herida, la puso en una jaula para que descansara.
Sin
embargo, pasaron los días y la perdiz se estaba quedando muy delgada. No quería
comer y ya no cantaba. Preocupado, el niño se acercó y le preguntó:
—¿Qué
te pasa, linda perdiz? ¿Por qué no quieres cantar ni comer?
—Solo
quiero una cosa... ¡Libertad! —respondió ella con tristeza.
Al
niño se le encogió el corazón. La cogió entre sus manos, abrió la puerta y la
liberó. En cuanto se vio libre, la perdiz se puso a cantar de alegría y a
correr por la senda que ella conocía, volviéndose para mirarlo como dándole las
gracias.
El niño siguió recorriendo los campos día tras día en sus
ratos libres. Una tarde, divisó a otra perdiz que iba acompañada por un montón
de perdigachos (sus pequeños polluelos), que se camuflaban hábilmente entre los
matojos. La perdiz mamá era muy mansa y ni siquiera intentó volar cuando el
niño se acercó. Él la acarició suavemente y le dijo:
—¿Por
qué no tratas de escapar de mí?
La
perdiz lo miró con calma y le contestó:
—Mira,
yo me crie en una granja y tuve mucho trato con los humanos. Para mí no sois
desconocidos. Sé que tú no me vas a hacer daño... pero sé que no todos los que
pasan por aquí son iguales, y me podrían capturar.
El
niño, preocupado por los cazadores, pensó que los polluelos estarían más
seguros con él. Así que, con mucho cuidado, cogió los perdigachos. La madre no se opuso, confiando
en su buen corazón. El niño los acomodó en una cajita de cartón.
—¿Por
qué haces eso? ¿A dónde te llevas a mis pequeños?
—Es
para protegerlos de algún enemigo —le explicó el niño con dulzura—. Ellos
todavía son muy chiquititos y no se pueden defender.
Consciente
de su buena intención, la segunda perdiz vio cómo se alejaba. El niño cogió los
perdigachos y los juntó con los primeros en la caja de cartón.
Pero
la naturaleza tiene sus propias reglas.
Pasaron
unas horas y, cuando el niño fue a verlos... ¡sorpresa! Los pequeños
perdigachos estaban débiles, fríos y medio muertos de la tristeza por estar
lejos de sus mamás.
Asustado
y con las lágrimas saltándole de los ojos, corrió a buscar a una niña que era
su vecina y le contó lo que sucedía.
—¡No
debí hacer lo que hice! —lloraba el niño—. ¡No debí quitárselos a sus madres!
La
niña, que era muy lista y compasiva, le dio un fuerte abrazo y le dijo:
—No
te preocupes, ya verás cómo lo solucionamos. Coge tú unos cuantos y yo el resto.
¡Vamos a ponérnoslos en el pecho, tapados con nuestras camisas, para darles
calor!
Así
lo hicieron. Pasó una media hora y, gracias al calorcito de los niños, los
pequeños perdigachos empezaron a piar con fuerza. ¡Qué alegría! El niño le dio
las gracias a su amiga por tan maravillosa
idea.
—¡Rápido,
vamos a devolvérselos a su madre! —dijo el niño.
Pero
aquí vino otra gran lección de la naturaleza. Al intentar poner los polluelos
con la primera mamá perdiz, ocurrió algo inesperado: ella reconoció
perfectamente a sus hijos, pero no a los otros, no los quería e incluso los
picaba para apartarlos.
El
niño, extrañado, le preguntó:
—¿Por
qué haces esto? ¡Son solo unos bebés!
A lo
que la perdiz le contestó:
—Ellos
tienen su propia familia. Llévaselos a su verdadera madre, que estará muy
triste.
El
niño lo entendió enseguida. Corrió al otro sendero y le devolvió los polluelos
a la otra mamá. ¡Qué momento tan hermoso! Las dos madres perdices y sus
pequeños empezaron a cantar de pura felicidad. El bosque entero se convirtió en
una hermosa orquesta de música y alegría.
El
niño y la niña se abrazaron con una gran sonrisa, sabiendo que habían aprendido
la lección más importante de todas: la de dejar que la naturaleza desarrolle
sus propias normas en libertad.
MORALEJA
07/06/2026
JUAN GARCÍA INES
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