sábado, 25 de julio de 2026

El niño que hablaba con las perdices

 

El niño que hablaba con las perdices

Era un hermoso bosque de pinos, encinas y mucho matorral. Los humanos lo utilizan como coto de caza, pero en medio de tanta naturaleza, había cuatro casitas. Allí vivía un niño que, al salir del colegio, corría a disfrutar de la flora y la fauna. Le encantaba respirar el aire fresco y húmedo de ese entorno natural y caminar por los senderos cercanos a su hogar. ¡En esos paseos siempre había alguna sorpresa!

El niño siempre llevaba un garrote en la mano. Por allí cruzaban muchas culebras, ya que era una zona templada y algo pedregosa. En una de sus caminatas, una culebra se puso erguida, lo miró fijamente y le preguntó:

—¿Para qué llevas ese palo en la mano?

El niño, un poco avergonzado, no supo bien qué decirle.

—No... no es para nada malo, solo me sirve de ayuda para caminar —respondió, sin decirle toda la verdad.

La culebra, mirándolo de reojo, siguió su marcha. En el fondo, el niño sabía que las culebras son muy importantes para el equilibrio de la naturaleza y hay que protegerlas.

Llegó la primavera y el valle se llenó de música. El canto de las aves resonaba por todas partes: cuervos, urracas, herrerillos, torcaces, faisanes... ¡Incluso se veían zorros y jabalíes correr a lo lejos! Y por supuesto, estaban las perdices. ¡Ah, las perdices! En este mundo, los cazadores siempre intentaban capturarlas porque decían que eran un plato exquisito.

Pero nuestro amiguito luchaba contra ellos, buscando y destruyendo los cepos y lazos que dejaban escondidos.

Un día, escuchó un aleteo desesperado. ¡Era una perdiz atrapada de una pata por un lazo! La pobrecita, muy temblorosa, le rogaba con la mirada que no le hiciera daño. El niño la cogió con muchísimo cariño, rompió el lazo y se la llevó a su casa para protegerla.

Mientras caminaban, la perdiz le susurró asustada:

—¿No me llevarás a tu casa para darte un banquete con mi carne?

—¡Claro que no! —respondió el niño con una sonrisa—. Te traigo para curarte.

Después de limpiarle la herida, la puso en una jaula para que descansara.

Sin embargo, pasaron los días y la perdiz se estaba quedando muy delgada. No quería comer y ya no cantaba. Preocupado, el niño se acercó y le preguntó:

—¿Qué te pasa, linda perdiz? ¿Por qué no quieres cantar ni comer?

—Solo quiero una cosa... ¡Libertad! —respondió ella con tristeza.

Al niño se le encogió el corazón. La cogió entre sus manos, abrió la puerta y la liberó. En cuanto se vio libre, la perdiz se puso a cantar de alegría y a correr por la senda que ella conocía, volviéndose para mirarlo como dándole las gracias.

El niño siguió recorriendo los campos día tras día en sus ratos libres. Una tarde, divisó a otra perdiz que iba acompañada por un montón de perdigachos (sus pequeños polluelos), que se camuflaban hábilmente entre los matojos. La perdiz mamá era muy mansa y ni siquiera intentó volar cuando el niño se acercó. Él la acarició suavemente y le dijo:

—¿Por qué no tratas de escapar de mí?

La perdiz lo miró con calma y le contestó:

—Mira, yo me crie en una granja y tuve mucho trato con los humanos. Para mí no sois desconocidos. Sé que tú no me vas a hacer daño... pero sé que no todos los que pasan por aquí son iguales, y me podrían capturar.

El niño, preocupado por los cazadores, pensó que los polluelos estarían más seguros con él. Así que, con mucho cuidado, cogió los   perdigachos. La madre no se opuso, confiando en su buen corazón. El niño los acomodó en una cajita de cartón.

 Camino hacia su casa, encontró a otra mamá perdiz con polluelos de la misma edad. Esta segunda madre también se crio en una granja y tampoco se opuso a que los tomara, pero, con mucha curiosidad, le preguntó:

—¿Por qué haces eso? ¿A dónde te llevas a mis pequeños?

—Es para protegerlos de algún enemigo —le explicó el niño con dulzura—. Ellos todavía son muy chiquititos y no se pueden defender.

Consciente de su buena intención, la segunda perdiz vio cómo se alejaba. El niño cogió los perdigachos y los juntó con los primeros en la caja de cartón.

Pero la naturaleza tiene sus propias reglas.

Pasaron unas horas y, cuando el niño fue a verlos... ¡sorpresa! Los pequeños perdigachos estaban débiles, fríos y medio muertos de la tristeza por estar lejos de sus mamás.

Asustado y con las lágrimas saltándole de los ojos, corrió a buscar a una niña que era su vecina y le contó lo que sucedía.

—¡No debí hacer lo que hice! —lloraba el niño—. ¡No debí quitárselos a sus madres!

La niña, que era muy lista y compasiva, le dio un fuerte abrazo y le dijo:

—No te preocupes, ya verás cómo lo solucionamos. Coge tú unos cuantos y yo el resto. ¡Vamos a ponérnoslos en el pecho, tapados con nuestras camisas, para darles calor!

Así lo hicieron. Pasó una media hora y, gracias al calorcito de los niños, los pequeños perdigachos empezaron a piar con fuerza. ¡Qué alegría! El niño le dio las gracias a su amiga por tan maravillosa

idea.

—¡Rápido, vamos a devolvérselos a su madre! —dijo el niño.

Pero aquí vino otra gran lección de la naturaleza. Al intentar poner los polluelos con la primera mamá perdiz, ocurrió algo inesperado: ella reconoció perfectamente a sus hijos, pero no a los otros, no los quería e incluso los picaba para apartarlos.

El niño, extrañado, le preguntó:

—¿Por qué haces esto? ¡Son solo unos bebés!

A lo que la perdiz le contestó:

—Ellos tienen su propia familia. Llévaselos a su verdadera madre, que estará muy triste.

El niño lo entendió enseguida. Corrió al otro sendero y le devolvió los polluelos a la otra mamá. ¡Qué momento tan hermoso! Las dos madres perdices y sus pequeños empezaron a cantar de pura felicidad. El bosque entero se convirtió en una hermosa orquesta de música y alegría.

El niño y la niña se abrazaron con una gran sonrisa, sabiendo que habían aprendido la lección más importante de todas: la de dejar que la naturaleza desarrolle sus propias normas en libertad.

 

MORALEJA

A veces, queriendo proteger a los animales con nuestro buen corazón, podemos causarles daño sin querer.

 

07/06/2026

                              JUAN GARCÍA INES

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