Una fauna en peligro
Era
un verano de esos que las nubes si estaban, pero no producían agua para que llegara
a la tierra. Allá arriba, a pesar del calor, la nube no sudaba... ¡no podía
sudar! El sol con un pañuelo se limpiaba la cara. A pesar de todo el sol tenía
miedo a las nubes, porque a veces le tapaban la cara solo para molestarlo.
Las
nubes no podían llorar; su respiración era solo vaho, como un humo que se
expandía en el espacio.
—¿Qué
necesito para que este vaho se convierta en agua? —se preguntaban las nubes,
pero ninguna tenía la respuesta.
Y así
siguió ese verano secarrón. Los pinos, los abetos, las encinas y tantas otras
plantas se morían de sequedad. Imploraban a las nubes que dejaran caer sus
lágrimas sobre ellas, pero las nubes no solo no lloraban, sino que chocaban
entre sí, haciendo saltar chispas que ocasionaban fuegos y un ruido tan fuerte
que hasta los animales del bosque temblaban. Todos miraban al cielo, pero no
había ni rastro de lluvia.
En
esto, una ardilla se encaramó al pino más alto y dio la voz de alerta. Veía a
lo lejos un fuego provocado por los rayos de esa tormenta con unas llamaradas
altísimas que ¡parecía que quemaban hasta el mismísimo sol!
Al
principio, algunos animales del bosque la criticaban por asustarlos. Un tejón
que por allí pasaba le preguntó el porqué de sus chasquidos y chillidos, a lo
que la ardilla contestó:
—¿No
sientes más calor de lo normal y que cuesta respirar por el humo?
—Sí
—respondió el tejón—, pero se puede soportar.
—¡Mira,
sube donde estoy yo y verás el fuego acercándose!
—¡Si
yo no puedo trepar a los pinos! Yo solo voy caminando a ras de tierra...
—¡Pues
avisa a todos! El fuego se va acercando y nos abrasará.
Entre
el tejón y la ardilla pusieron en alerta a todo ser viviente del bosque. El
tejón, muy listo, cogió una hoja de lampazo (que son unas hojas muy grandes) e
invitó a los caracoles y demás animalitos lentos a que se subiesen; él los
llevaría a donde fuera necesario para salvarlos.
Cerca
de allí, en la orilla del río, tenía su casa un castor. Al ver tanto alboroto,
le preguntó al tejón el porqué de tanto movimiento, y este le explicó todo lo
que estaba ocurriendo. Entonces el castor, que era muy bondadoso, le dijo:
—¡Tengo
una galería muy grande en la orilla del río! Allí cabrán todos los seres que
habitan en este bosque.
El
tejón habló rápidamente con la ardilla y le dijo que, desde su altura, avisara
a todos para que se reunieran en la orilla del río. Una vez allí reunidos, se
dirigieron a la madriguera del castor. Las nutrias también colaboraron, no sin
antes echarle una pequeña bronca al castor por no haberlas avisado antes.
—¡Dios
mío, una serpiente! —susurraron asustados.
A lo
que la serpiente los tranquilizó:
—No
os haré ningún mal. Aquí estamos para protegernos todos de ese devastador
incendio.
Aquellas
palabras calmaron a todos. Además, la boca de la galería estaba cubierta por el
agua del río, por lo cual ni el fuego ni el humo podían entrar.
En
medio de tanta armonía, todos le preguntaban al tejón:
—¿Cómo
es posible que a veces seamos enemigos y hoy, ante el peligro, seamos tan
buenos amigos?
Un
lobo, que era el más grande y uno de los más inteligentes de los que había en
la cueva, les explicó:
—Ante
el peligro: ¡unidad!
Después
de haber compartido ese momento tan bonito en la cueva, cuando volvieron al
bosque, los animales ya no se miraban igual. Quizás el lobo y el tejón ya no se
llevaban tan mal, o la serpiente se hizo amiga de los caracoles. Las ardillas,
tan saltarinas y chillonas, ya no tenían ningún miedo a bajar al suelo a coger
frutos. ¡Todas las voces del bosque se unían ahora para formar una hermosa
orquesta que deleitaba a los niños!
18/05/2026
JUAN GARCÍA INES
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