sábado, 25 de julio de 2026

Una fauna en peligro

 

 Una fauna en peligro

Era un verano de esos que las nubes si estaban, pero no producían agua para que llegara a la tierra. Allá arriba, a pesar del calor, la nube no sudaba... ¡no podía sudar! El sol con un pañuelo se limpiaba la cara. A pesar de todo el sol tenía miedo a las nubes, porque a veces le tapaban la cara solo para molestarlo.

Las nubes no podían llorar; su respiración era solo vaho, como un humo que se expandía en el espacio.

—¿Qué necesito para que este vaho se convierta en agua? —se preguntaban las nubes, pero ninguna tenía la respuesta.

Y así siguió ese verano secarrón. Los pinos, los abetos, las encinas y tantas otras plantas se morían de sequedad. Imploraban a las nubes que dejaran caer sus lágrimas sobre ellas, pero las nubes no solo no lloraban, sino que chocaban entre sí, haciendo saltar chispas que ocasionaban fuegos y un ruido tan fuerte que hasta los animales del bosque temblaban. Todos miraban al cielo, pero no había ni rastro de lluvia.

En esto, una ardilla se encaramó al pino más alto y dio la voz de alerta. Veía a lo lejos un fuego provocado por los rayos de esa tormenta con unas llamaradas altísimas que ¡parecía que quemaban hasta el mismísimo sol!

Al principio, algunos animales del bosque la criticaban por asustarlos. Un tejón que por allí pasaba le preguntó el porqué de sus chasquidos y chillidos, a lo que la ardilla contestó:

—¿No sientes más calor de lo normal y que cuesta respirar por el humo?

—Sí —respondió el tejón—, pero se puede soportar.

—¡Mira, sube donde estoy yo y verás el fuego acercándose!

—¡Si yo no puedo trepar a los pinos! Yo solo voy caminando a ras de tierra...

—¡Pues avisa a todos! El fuego se va acercando y nos abrasará.

Entre el tejón y la ardilla pusieron en alerta a todo ser viviente del bosque. El tejón, muy listo, cogió una hoja de lampazo (que son unas hojas muy grandes) e invitó a los caracoles y demás animalitos lentos a que se subiesen; él los llevaría a donde fuera necesario para salvarlos.

Cerca de allí, en la orilla del río, tenía su casa un castor. Al ver tanto alboroto, le preguntó al tejón el porqué de tanto movimiento, y este le explicó todo lo que estaba ocurriendo. Entonces el castor, que era muy bondadoso, le dijo:

—¡Tengo una galería muy grande en la orilla del río! Allí cabrán todos los seres que habitan en este bosque.

El tejón habló rápidamente con la ardilla y le dijo que, desde su altura, avisara a todos para que se reunieran en la orilla del río. Una vez allí reunidos, se dirigieron a la madriguera del castor. Las nutrias también colaboraron, no sin antes echarle una pequeña bronca al castor por no haberlas avisado antes.

 Iban entrando de uno en uno cuando, de pronto... ¡entró una serpiente! Todos se pusieron a temblar.

—¡Dios mío, una serpiente! —susurraron asustados.

A lo que la serpiente los tranquilizó:

—No os haré ningún mal. Aquí estamos para protegernos todos de ese devastador incendio.

Aquellas palabras calmaron a todos. Además, la boca de la galería estaba cubierta por el agua del río, por lo cual ni el fuego ni el humo podían entrar.

En medio de tanta armonía, todos le preguntaban al tejón:

—¿Cómo es posible que a veces seamos enemigos y hoy, ante el peligro, seamos tan buenos amigos?

Un lobo, que era el más grande y uno de los más inteligentes de los que había en la cueva, les explicó:

—Ante el peligro: ¡unidad!

Después de haber compartido ese momento tan bonito en la cueva, cuando volvieron al bosque, los animales ya no se miraban igual. Quizás el lobo y el tejón ya no se llevaban tan mal, o la serpiente se hizo amiga de los caracoles. Las ardillas, tan saltarinas y chillonas, ya no tenían ningún miedo a bajar al suelo a coger frutos. ¡Todas las voces del bosque se unían ahora para formar una hermosa orquesta que deleitaba a los niños!

 

MORALEJA: LAS BUENAS ACCIONES CAMBIAN LAS COSAS PARA SIEMPRE.

18/05/2026                                                                     

                              JUAN GARCÍA INES

 

 

 

 

 

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