sábado, 25 de julio de 2026

El soldado y las arañas

 

El soldado y las arañas

Era un niño de un pueblo como tantos otros que, a su corta edad, disfrutaba del campo observando cómo trabajaban los insectos:

Unos hacían agujeros, como los grillos.

Otros, como la luciérnaga, daban puntos de luz en la noche.

Pero lo que más le impresionaba era ver a las arañas tejiendo sus complejos telares.

Así iban pasando los años entre el colegio y el trabajo en el campo. El niño crecía en estatura y en sabiduría, siempre feliz a veces haciendo de pastor y en contacto constante con la naturaleza. No es que hablara con ella, pero sí la comprendía; a veces, incluso, posaba a esos pequeños insectos en la palma de su mano. Lo que él no sabía es que, con el paso del tiempo, le salvarían la vida.

El llamado del deber

Ya era un mozo de unos veintidós años cuando estalló la guerra. Fue llamado al ejército para combatir, aunque sin mucha convicción. Siempre tenía la misma pregunta en mente:

"¿Qué hago yo aquí, disparando para matar a un semejante o esperando a que me disparen a mí?".

Pero no tenía elección: le obligaban.

Un día entró en combate, disparando quizá con los ojos cerrados, hasta que tuvo la mala suerte de que el bando contrario —a quienes él no lograba considerar enemigos— le hiriera en una pierna. La batalla seguía. Él, con un dolor intenso, apoyado en su fusil y a veces arrastrándose, logró alejarse del frente. Sin embargo, debido a la gran pérdida de sangre, quedó inconsciente en el suelo. El bando contrario iba ganando y perseguía a los vencidos para capturarlos. El joven estaba a merced de su suerte... pero entonces ocurrió el milagro.

Unas aliadas inesperadas

Unas arañas le vieron y se dijeron entre ellas:

—"Este soldado es un buen amante de la naturaleza y hemos de ayudarle".

—"¿Pero cómo se preguntaban entre ellas?".

—"Bueno, vamos a ver... sí le mordemos un poco, puede que se despierte".

Así lo hicieron. El soldado, al sentir el mordisco, abrió los ojos y se asustó al ver a las arañas sobre su cuerpo. Pero ellas, preparadas para su reacción, le hablaron:

—No te preocupes, te vamos a salvar.

—¿Vosotras me vais a salvar la vida? —preguntó el soldado incrédulo—. No me hagáis reír, que no estoy para bromas.

—Bueno, bueno... ¡Mira! Pon la pierna recta. ¡Uy! Se oye ruido, te están buscando para hacerte preso. ¡Venga, vamos a darnos prisa!

Le levantaron la pierna y empezaron a vendársela con sus hilos de seda; así taparon la herida y detuvieron la hemorragia.

—¡Venga, levántate! Que se aproximan.

El refugio

Apoyado en su fusil, el joven las siguió hasta una cueva que ellas conocían. Él no entendía nada, se sentía en una incógnita constante.

—¿Qué tramarán? —se preguntaba—. Haréis lo que queráis, pero no entiendo nada.

—¡Sshh! Cállate y no hagas ruido.

En cuanto entró, las arañas empezaron a tejer frenéticamente en la entrada una tela espesa y brillante. Al poco tiempo, los soldados enemigos llegaron a la boca de la cueva, pero al ver la telaraña intacta, dijeron:

—"Aquí no hay nadie; si hubiera entrado alguien, esta tela no estaría en la puerta".

Los perseguidores se alejaron y, gracias a sus pequeñas amigas, aquel buen muchacho salvó la vida.

 

MORALEJA: La Bondad es una Semilla que Siempre Florece.

07/05/2026                                                              JUAN GARCÍA INES

 

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