El soldado y las
arañas
Era
un niño de un pueblo como tantos otros que, a su corta edad, disfrutaba del
campo observando cómo trabajaban los insectos:
Unos
hacían agujeros, como los grillos.
Otros,
como la luciérnaga, daban puntos de luz en la noche.
Pero
lo que más le impresionaba era ver a las arañas tejiendo sus complejos telares.
Así
iban pasando los años entre el colegio y el trabajo en el campo. El niño crecía
en estatura y en sabiduría, siempre feliz a veces haciendo de pastor y en
contacto constante con la naturaleza. No es que hablara con ella, pero sí la
comprendía; a veces, incluso, posaba a esos pequeños insectos en la palma de su
mano. Lo que él no sabía es que, con el paso del tiempo, le salvarían la vida.
El
llamado del deber
Ya
era un mozo de unos veintidós años cuando estalló la guerra. Fue llamado al
ejército para combatir, aunque sin mucha convicción. Siempre tenía la misma
pregunta en mente:
"¿Qué
hago yo aquí, disparando para matar a un semejante o esperando a que me
disparen a mí?".
Pero
no tenía elección: le obligaban.
Un
día entró en combate, disparando quizá con los ojos cerrados, hasta que tuvo la
mala suerte de que el bando contrario —a quienes él no lograba considerar
enemigos— le hiriera en una pierna. La batalla seguía. Él, con un dolor
intenso, apoyado en su fusil y a veces arrastrándose, logró alejarse del
frente. Sin embargo, debido a la gran pérdida de sangre, quedó inconsciente en
el suelo. El bando contrario iba ganando y perseguía a los vencidos para
capturarlos. El joven estaba a merced de su suerte... pero entonces ocurrió el
milagro.
Unas
aliadas inesperadas
Unas
arañas le vieron y se dijeron entre ellas:
—"Este
soldado es un buen amante de la naturaleza y hemos de ayudarle".
—"¿Pero
cómo se preguntaban entre ellas?".
—"Bueno,
vamos a ver... sí le mordemos un poco, puede que se despierte".
Así
lo hicieron. El soldado, al sentir el mordisco, abrió los ojos y se asustó al
ver a las arañas sobre su cuerpo. Pero ellas, preparadas para su reacción, le
hablaron:
—No
te preocupes, te vamos a salvar.
—¿Vosotras
me vais a salvar la vida? —preguntó el soldado incrédulo—. No me hagáis reír,
que no estoy para bromas.
—Bueno,
bueno... ¡Mira! Pon la pierna recta. ¡Uy! Se oye ruido, te están buscando para
hacerte preso. ¡Venga, vamos a darnos prisa!
Le
levantaron la pierna y empezaron a vendársela con sus hilos de seda; así
taparon la herida y detuvieron la hemorragia.
—¡Venga,
levántate! Que se aproximan.
El
refugio
Apoyado
en su fusil, el joven las siguió hasta una cueva que ellas conocían. Él no
entendía nada, se sentía en una incógnita constante.
—¿Qué
tramarán? —se preguntaba—. Haréis lo que queráis, pero no entiendo nada.
—¡Sshh!
Cállate y no hagas ruido.
En
cuanto entró, las arañas empezaron a tejer frenéticamente en la entrada una
tela espesa y brillante. Al poco tiempo, los soldados enemigos llegaron a la
boca de la cueva, pero al ver la telaraña intacta, dijeron:
—"Aquí
no hay nadie; si hubiera entrado alguien, esta tela no estaría en la
puerta".
Los
perseguidores se alejaron y, gracias a sus pequeñas amigas, aquel buen muchacho
salvó la vida.
MORALEJA: La Bondad es una Semilla que Siempre Florece.
07/05/2026
JUAN
GARCÍA INES
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