El Zorro, el Galgo y el Niño
Caminaba
un niño junto a su fiel galgo, sintiendo cómo la hojarasca crujía bajo sus
pies: ¡crac, crac! Mientras tanto, el perro olfateaba con emoción el suelo,
siguiendo el rastro de algún conejo, un zorro o una liebre que era su presa
preferida.
Aquel
niño era muy afortunado. Al salir de la escuela no tenía deberes, ¡porque en
aquellos tiempos no había luz eléctrica para estudiar de noche!
—¡Qué
alegría! —decía siempre—. ¡Así tengo tiempo para jugar con la naturaleza!
A
veces, al atardecer, veía a los conejitos asomar el hocico desde sus
madrigueras. Salían a cenar con mucho cuidado, pues durante el día temían que
algún enemigo los capturara.
En
ese momento, el sol ya estaba cerrando las pestañas con la cara muy roja, y el
zumbido de las chicharras se iba quedando en silencio.
El
niño, que era un gran explorador, sabía leer en las hojas de los árboles lo que
pasaría mañana:
"Cuando
el sol se pone rojo y cejudo, ¡es que la tormenta viene en camino!"
De
repente... ¡ZAS! Un zorro apareció corriendo tras una liebre. ¡Dios mío, qué
velocidad! La liebre daba unos quiebros increíbles para escapar. El galgo, sin
pensárselo dos veces, ¡arrancó a correr tras ellos! El niño los perdió de
vista, pero siguió caminando y caminando hasta que, al coronar una colina, vio
una imagen espectacular.
El
zorro había atrapado a la liebre y la tenía bajo sus patas, listo para darse un
banquete.
Pero
el galgo, al ver que su presa preferida estaba en manos de otro, no se quedó de
brazos cruzados.
El
zorro, al ver al perro acercarse, se refugió rápidamente detrás de una zarza
para proteger su espalda.
La liebre, que aún estaba viva, observaba todo
con los ojos muy abiertos. El galgo se acercó al zorro y le gruñó:
—¡No
te permito que me quites mi presa preferida!
El
zorro, enseñando los colmillos, le contestó:
—¿Y
quién eres tú para decirme qué hacer? ¡No me hagas enfadar, que soy más fuerte
que tú!
Los
dos animales empezaron una discusión muy violenta, enseñándose los dientes con
rabia. Mientras tanto, la liebre estaba muy atenta, esperando un descuido para
escapar.
—Mira
—decía el zorro—, tú no tienes problemas con la comida, ¡eres un privilegiado!
En cambio, yo tengo que buscarme la vida.
Si no
cazo, ¿qué hago? ¿Morirme de hambre?
—¡Pues
haz como yo! —respondió el galgo—. Busca una casa donde te den de comer.
—¡Ni
hablar! —exclamó el zorro—. Prefiero la libertad con hambre que vivir como tú,
con ese niño que no te deja ni un momento solo.
—¡Te
equivocas! Ese niño y yo somos grandes amigos —dijo el galgo orgulloso—. No
como tú, que no tienes a nadie y, además... ¡hueles muy mal! Siempre dejas un
rastro de peste por donde pasas.
—¡Bueno,
bueno! Eso solo lo hago cuando me persigue alguien como tú —replicó el zorro.
—¡No
me amenaces con tu olor! —ladró el galgo—. ¡Que con mis dientes puedo hacerte
una buena herida!
Y
mientras el zorro y el galgo estaban enzarzados en aquella pelea de palabras y
gruñidos, la liebre vio un huequito entre los arbustos. Sin hacer nada de
ruido, ¡salió disparada y huyó a toda prisa!
Cuando
el zorro y el galgo se dieron cuenta, ya estaba muy lejos, riéndose de aquellos
dos que, por tanto, discutir, se habían olvidado de la liebre.
MORALEJA: POR PELEAR SE PIERDE LO IMPORTANTE
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