El
castor los peces y el río
Era
un año de sequía extrema. Un pequeño riachuelo notaba, con tristeza, que sus
manantiales ya no aportaban agua suficiente para mantener a la fauna. ¡Había
una escasez de agua terrible! El fondo del río ya se podía ver a simple vista,
y allí estaban los peces, las ranas, los cangrejos y hasta alguna serpiente,
todos amontonados y muy preocupados.
—Nos
moriremos si el río sigue perdiendo su caudal por falta de lluvia —dijo un
pececito con voz temblorosa—. ¿Qué podemos hacer?
La
culebra, intentando buscar el lado positivo, le dijo a la rana:
—Bueno,
tú y yo podemos vivir algún tiempo en la tierra...
Al
oír esto, los cangrejos y los peces protestaron indignados:
—¿Y
nosotros qué? ¿A morirnos? ¡No, qué bien! ¡Solo miráis por vosotras!
—Bueno,
bueno, ¡haya paz! Hay que encontrar una solución —intervino otro pez.
El
cangrejo, que era un poco protestón, empezó a caminar de espaldas refunfuñando.
—Tú
siempre mirando hacia atrás... —le dijeron los peces con una sonrisa.
De
repente, la serpiente, que conocía el río como la palma de su mano, exclamó:
—¡Tengo
una idea!
—¿Qué
idea? ¿Qué idea? —preguntaron todos a la vez.
—¡Venga,
sácala ya de esa boca viperina! —bromeó una rana.
—Mirad
—explicó la serpiente—, hay un compañero en el río con el que a veces tenemos
alguna discusión, pero es muy inteligente y puede solucionar esta amargura.
—¡Venga,
no te hagas de rogar! ¿Quién es?
—Pues...
le llaman "El Ingeniero de los Ríos".
—¡Huy,
qué nombre tan bonito! —dijeron todos—. ¿Quién es?
—¡Es
el castor!
—¡Huy,
es verdad! —exclamaron aliviados—. No lo habíamos pensado. ¡Venga, manos a la
obra! ¿Y dónde vive?
—Iré
yo a buscarlo —dijo la serpiente—. Soy la más rápida de por aquí.
—¡No,
no! ¡Los más rápidos somos nosotros, los peces! —protestaron desde el agua.
—Sí,
pero yo puedo saltar obstáculos en la tierra y vosotros no —replicó la
serpiente con astucia.
—Es
verdad —admitieron los peces—. ¡Bueno, pues ve a buscarlo!
La
serpiente, veloz como el viento, se deslizó por el río hasta que vio al castor
trabajando concentrado. Al verla llegar, el castor la miró de reojo y le
preguntó:
—¿A
qué vienes a mi embalse? ¡Con lo tranquilo que estaba yo aquí!
Entonces
la serpiente, con una voz muy dulce y amable, empezó a susurrarle al oído. El
castor, que era muy listo, pensó para sí mismo: "Huy, esta me viene a
pedir algo..."
Y así
fue. La serpiente le explicó detalladamente el sufrimiento de todos los
animalitos del río.
—¿Y
qué me cuentas a mí? —dijo el castor haciéndose el interesante.
—¡Pues
que a ti te llaman el Ingeniero de los Ríos! —le halagó la serpiente—. ¡Venga,
ven con nosotros!
—Venga,
venga, que no creo que sea para tanto... —gruñó el castor, aunque por dentro se
sentía muy orgulloso.
—¡Que
sí! Todos los animales lo sabemos.
—¿Ah,
sí? ¿Y qué sabéis? —preguntó curioso.
—Pues
que haces presas fantásticas en el río y que eres capaz de embalsar las aguas.
—Bueno,
tú sabes que las ranas y los peces no pueden... ¡Pero los cangrejos sí! Te
pueden ayudar con esas pinzas tremendas que tienen. Y yo también te ayudaré en
lo que pueda, ¡ya lo verás!
El
castor se lo pensó un momento, se rascó la cabeza y dijo:
—Bueno,
bueno... ¿Dónde están esos animalitos?
—¡Sígueme,
yo te llevaré hasta ellos!
La
serpiente iba nadando veloz por el agua y el castor la seguía trotando por la
orilla. Cuando llegaron, el castor encontró a los animales muy tristes; a la
pobre rana incluso se le caía alguna lagrimita.
—¿Por
qué estáis así? —preguntó el castor.
—Pues
ya lo estás viendo... ¡Nos estamos quedando sin agua!
—Tranquilos
todos —dijo el castor inflando el pecho con seguridad—. Pronto fabricaré un
gran embalse donde podréis disfrutar, pero con una condición: ¡no quiero
peleas!
—¡Trato
hecho! —asintieron todos entusiasmados.
El
castor se puso manos a la obra. Empezó a cortar troncos con sus fuertes dientes
y a arrastrarlos hacia el río. Pero de repente, una ardilla bajó de una rama y
le recriminó enfadada:
—¡Oye!
¿Por qué cortas los árboles?
Las
aves del bosque también se unieron a las quejas, piando con fuerza:
—¡Eso,
ya no podremos hacer nuestros nidos! ¡Y la ardilla no podrá disfrutar de estos
paisajes tan maravillosos!
El
castor se detuvo y les explicó con mucha paciencia:
—Tranquilos,
solo cortaré algunos árboles caídos o muy viejos, pero no todos. ¡Así habrá
agua para los del río y árboles para los del bosque, y todos estaremos
contentos!
La
ardilla y las aves se miraron, pensando que era una gran idea.
—Vale,
vale... Pero danos tu palabra de que así será
—¡Palabra
de castor! —prometió él.
Y
para sellar el pacto, ¡la ardilla y el castor chocaron sus patitas!
El
Ingeniero de los Ríos trabajó duro hasta que terminó el embalse. El agua empezó
a acumularse y a subir de nivel, creando una preciosa y refrescante piscina
natural.
La
ardilla, desde lo alto de la copa de un árbol, le gritó divertida:
—¡Castor!
¿Me puedo tirar desde aquí a tu embalse?
—¡Pues
claro que sí! ¡Al agua, todos! —respondió el castor riendo.
Las
aves ahuecaban sus alas dándose un baño refrescante, las ranas no paraban de
croar de felicidad, la serpiente celebraba con su gracioso ¡ssss ssss!, los
peces nadaban felices haciendo burbujitas de aire y los cangrejos... bueno, los
cangrejos seguían a lo suyo, bailando con su divertida marcha hacia atrás.
Desde
ese día, en aquel hermoso embalse, todo fue alegría, juegos y cantos. ¡Y el río
volvió a llenarse de vida!
03/06/2026
JUAN GARCÍA INES
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