La
mozuela y la gallina clueca
Era
un pueblo típico de Castilla la Vieja donde las calles eran de tierra; cuando
llovía, se hacían charcos y las gallinas y gallos escarbaban buscando algo para
llenar su buche. Los perros y los gatos callejeaban a su antojo. Y hacían una gran
orquesta cuando los gallos cantaban, las gallinas cacareaban, los perros
ladraban y los gatos maullaban; y, sobre todo, los gallos competían a ver quién
cantaba mejor.
Un
día un gallo, que era de los más alegres, vio que una de las gallinas estaba
muy, pero que muy triste. Preocupado, se acercó a ella y le preguntó:
—¿Por
qué estás así?
Ella
no se atrevía a contar nada de lo que le pasaba porque era muy vergonzosa. Y
así pasó un día, y otro, y otro... Pero el gallo, que quería contagiarle su
alegría, insistía:
—Tienes
comida, tienes un gallinero donde poder dormir.
Podemos pasear por las calles de tierra y
charcos, sin que nadie te moleste. ¿qué más quieres?
—Pues
mira... —respondió al fin la gallina, muy bajito—. Pongo huevos y los humanos
me los quitan. Unos para comérselos y otros para venderlos. ¡Yo lo que quiero
es ser mamá!
Con
el paso de los días, esa gallina se puso clueca. Con su constante "¡clo,
clo, clo!" aburría a las demás gallinas. Hasta la mozuela, la joven dueña
del corral, estaba cansada de su ronco sonido.
—La
voy a duchar con agua fría —se dijo la mozuela—, a ver si así se le baja la
fiebre de incubar.
Pero
resulta que esa familia ya estaba al día con las nuevas tecnologías. Habían
comprado una incubadora eléctrica, así que ya no hacía falta que las gallinas
estuvieran veintiún días sentadas sobre los huevos. Pensaban que de esta forma
la gallina estaría menos tiempo clueca y pondría huevos más rápido. ¡Pero ella
seguía terca con su "¡clo, clo, clo!"!
Al
poco tiempo, en la incubadora ya empezaban a piar los pollitos. ¡Pio, pio, pio!
Nacieron muchos pollitos. La mozuela se acercó a la gallina y le preguntó:
—¿Todavía
no se te pasa la calentura?
—¡No
quiero que se me vaya esta fiebre! —respondió la gallina con valentía—. Quiero
tener mis polluelos, pero ustedes no me dejan, ¡me quitan todos los huevos y
así no puedo tener hijos! La mozuela se quedó pensando:
"¿Y
si le doy los pollitos de la incubadora para que los cuide? ¿Los
aceptará?".
Los
polluelos ya tenían unos días de vida, pero no tenían una mamá que los guiara.
Así
que la mozuela cogió una cesta con paja, puso a los pequeños dentro y le dijo a
la gallina:
—¡Venga!
Ahí tienes la oportunidad de cuidar a esos polluelos.
—¡No,
no, no! —dijo la gallina apartándose—. ¡Esos no son míos!
—¿Pero
¿qué más da? —le animó la mozuela—. ¡Los puedes hacer tuyos con el tiempo!
Al
principio, la gallina era muy reacia a aceptar esas condiciones. Por eso, una
noche, cuando los polluelos estaban profundamente dormidos, la mozuela cogió
con mucho cuidado a la gallina y la puso en la cesta con ellos. Encima colocó
una criba (una red ligera) para que no huyera.
Así
pasaron la noche juntos. La gallina, como aún estaba clueca y calentita, les
dio mucho calor del bueno. Al llegar la luz del día, los polluelos empezaron a
despertarse y a acariciarla con sus tiernos piquitos. La gallina se sintió
profundamente ilusionada.
"¿Cómo
es posible que, sin ser míos, me den tantas caricias?", se preguntaba,
sintiéndose de repente muy orgullosa.
La
mozuela se levantó de la cama al amanecer y corrió al corral:
Veía
cómo la gallina ahuecaba sus plumas para darles cobijo y calor. Con cuidado, la
mozuela quitó la criba de la cesta.
Enseguida,
la gallina saltó a la tierra y empezó a llamar a los pollitos: "¡Cluck, Cluck,
Cluck!".
Sin
embargo, los pollitos no podían saltar de la cesta; eran casi recién nacidos,
no tenían fuerza ni plumas en las alas. Al ver esto, la mozuela los cogió uno a
uno con ternura y los puso en el suelo.
¡Entonces
ocurrió la magia! La gallina se aplastó contra el suelo y los abrigó a todos
bajo sus grandes alas.
De
vez en cuando, algún pollito asomaba la cabecita por entre las plumas. Luego,
la mamá los llamaba y todos iban correteando felices junto a su madre adoptiva,
que ya los sentía como sus hijos verdaderos.
A
partir de ese día, salían juntos a la calle. La gallina escarbaba la tierra y
los polluelos disfrutaban imitando lo que hacía su mamá. ¡Estaban viviendo un
momento maravilloso!
De
repente, ¡una sombra cruzó el cielo! Era una urraca que bajó en picado para
atrapar a algún polluelo. Pero la gallina, como una auténtica fiera, se lanzó a
defenderlos con el pico por delante. La urraca insistía, buscando un descuido,
pero la gallina se aplanó en la tierra, ahuecó sus alas con fuerza y los cobijó
a todos debajo.
La
urraca, viendo la valiente defensa que hacía esa madre por sus hijos, se dio
por vencida y optó por volar a otro lugar, dejándolos por fin tranquilos.
Y es
que una madre no es solo la que incuba el huevo, sino la que protege, ama y
cuida a los hijos durante su crecimiento... ¡aunque los huevos no hayan sido
suyos!
08/06/2026
JUAN GARCÍA
INES
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