los
Gorriones y los Murciélagos
¡Imagínate
un precioso pueblo lleno de fuentes, arroyos y un gran riachuelo! Era un lugar
hermoso, pero tenía un pequeño y ruidoso problema: ¡estaba lleno de mosquitos!
En las tardes de verano, el zumbido era insoportable y los habitantes tenían
que ir a todos lados espantándolos con ramas llenas de hojas. ¡Menuda locura!
Pero,
¡atención!, porque donde hay muchos mosquitos... ¡aparecen los cazadores del
aire! Pronto, el pueblo se llenó de golondrinas, vencejos, simpáticos gorriones
y misteriosos murciélagos. Para ellos, las casas del pueblo —hechas de adobe,
paja y tejas— eran el parque de atracciones perfecto para anidar.
Las
golondrinas y los vencejos encontraron sus lugares donde anidar rápidamente,
pero... ¡ay, los gorriones y los murciélagos! Ellos querían los mismos agujeros
en las viejas paredes de adobe. A los gorriones les daba igual que hubiera luz
o sombra, pero los murciélagos necesitaban oscuridad absoluta. ¡Y ahí empezaron
los roces!
Los
murciélagos les enseñaban los dientes a los gorriones, y los gorriones, muy
valientes, ¡les hacían frente aleteando!
Aquella
convivencia era un auténtico caos.
Al
amanecer: Los gorriones se despertaban felices con los primeros rayos de sol,
piando con fuerza y aleteando entusiasmados. ¡Pobres murciélagos! Tenían que
taparse las orejas con las alas, de muy mal humor por no poder dormir.
Al
anochecer: ¡La historia se repetía al revés! Los murciélagos salían a cazar con
sus chillidos ultrasónicos justo cuando los gorriones intentaban dormir con sus
polluelos. ¡Nadie podía descansar!
Hartos
del jaleo, los murciélagos dijeron: "¡Nos marchamos!", y se mudaron a
una vieja bodega subterránea. Pensaban que allí estarían tranquilos, pero...
¡qué equivocados estaban! Resulta que al dueño de la bodega le encantaba ir a
merendar por las noches. Encendía un candil de petróleo que llenaba todo de
humo, y entre el olor a vino, el humo y las juergas que se montaban allí, los
pobres murciélagos no ganaban para disgustos. ¡Tuvieron que regresar a las
paredes del pueblo con las alas caídas!
Los
vecinos del pueblo sabían que ambos animales eran unos superhéroes que los
salvaban de las plagas de mosquitos, así que decidieron que debían ayudarlos a
hacer las paces. Pero, ¿cómo?
¡Un
abuelo sabio tuvo la solución!
—¡Traigan
tablas, un serrucho y clavos! — exclamó —¡Vamos a construir casas para todos!
Para
los gorriones: Colgaron preciosas cajitas de madera en las ramas de los
árboles.
Para
los murciélagos: Prepararon cajas especiales en un granero muy oscuro.
¡El
plan fue un éxito! Los gorriones, que estaban un poco cabreados de tanta
disputa, se mudaron encantados a sus nuevas y cómodas casitas de madera. Y los
murciélagos, al ver los huecos libres y silenciosos que quedaban en las paredes
de adobe, decidieron quedarse en las oquedades originales. ¡Por fin reinaba la
tranquilidad!
Desde
ese día, el gorrión y el murciélago ya no tuvieron necesidad de pelear ni de
enseñarse los dientes.
De
hecho, cada tarde en el crepúsculo, cuando sus caminos se cruzaban en el aire
—uno regresando cansado a dormir y el otro saliendo con energía a cazar— se
daban un amigable saludo con las alas.
Y
abajo, en las calles, los habitantes sonreían al verlos volar, sabiendo que
gracias a su ayuda y trabajo en equipo... ¡por fin todos podían descansar en
paz!
10/06/2026
JUAN GARCÍA INES
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