sábado, 25 de julio de 2026

los Gorriones y los Murciélagos

 

los Gorriones y los Murciélagos

¡Imagínate un precioso pueblo lleno de fuentes, arroyos y un gran riachuelo! Era un lugar hermoso, pero tenía un pequeño y ruidoso problema: ¡estaba lleno de mosquitos! En las tardes de verano, el zumbido era insoportable y los habitantes tenían que ir a todos lados espantándolos con ramas llenas de hojas. ¡Menuda locura!

Pero, ¡atención!, porque donde hay muchos mosquitos... ¡aparecen los cazadores del aire! Pronto, el pueblo se llenó de golondrinas, vencejos, simpáticos gorriones y misteriosos murciélagos. Para ellos, las casas del pueblo —hechas de adobe, paja y tejas— eran el parque de atracciones perfecto para anidar.

Las golondrinas y los vencejos encontraron sus lugares donde anidar rápidamente, pero... ¡ay, los gorriones y los murciélagos! Ellos querían los mismos agujeros en las viejas paredes de adobe. A los gorriones les daba igual que hubiera luz o sombra, pero los murciélagos necesitaban oscuridad absoluta. ¡Y ahí empezaron los roces!

Los murciélagos les enseñaban los dientes a los gorriones, y los gorriones, muy valientes, ¡les hacían frente aleteando!

Aquella convivencia era un auténtico caos.

Al amanecer: Los gorriones se despertaban felices con los primeros rayos de sol, piando con fuerza y aleteando entusiasmados. ¡Pobres murciélagos! Tenían que taparse las orejas con las alas, de muy mal humor por no poder dormir.

Al anochecer: ¡La historia se repetía al revés! Los murciélagos salían a cazar con sus chillidos ultrasónicos justo cuando los gorriones intentaban dormir con sus polluelos. ¡Nadie podía descansar!

Hartos del jaleo, los murciélagos dijeron: "¡Nos marchamos!", y se mudaron a una vieja bodega subterránea. Pensaban que allí estarían tranquilos, pero... ¡qué equivocados estaban! Resulta que al dueño de la bodega le encantaba ir a merendar por las noches. Encendía un candil de petróleo que llenaba todo de humo, y entre el olor a vino, el humo y las juergas que se montaban allí, los pobres murciélagos no ganaban para disgustos. ¡Tuvieron que regresar a las paredes del pueblo con las alas caídas!

Los vecinos del pueblo sabían que ambos animales eran unos superhéroes que los salvaban de las plagas de mosquitos, así que decidieron que debían ayudarlos a hacer las paces. Pero, ¿cómo?

¡Un abuelo sabio tuvo la solución!

—¡Traigan tablas, un serrucho y clavos! — exclamó —¡Vamos a construir casas para todos!

Para los gorriones: Colgaron preciosas cajitas de madera en las ramas de los árboles.

Para los murciélagos: Prepararon cajas especiales en un granero muy oscuro.

¡El plan fue un éxito! Los gorriones, que estaban un poco cabreados de tanta disputa, se mudaron encantados a sus nuevas y cómodas casitas de madera. Y los murciélagos, al ver los huecos libres y silenciosos que quedaban en las paredes de adobe, decidieron quedarse en las oquedades originales. ¡Por fin reinaba la tranquilidad!

Desde ese día, el gorrión y el murciélago ya no tuvieron necesidad de pelear ni de enseñarse los dientes.

De hecho, cada tarde en el crepúsculo, cuando sus caminos se cruzaban en el aire —uno regresando cansado a dormir y el otro saliendo con energía a cazar— se daban un amigable saludo con las alas.

Y abajo, en las calles, los habitantes sonreían al verlos volar, sabiendo que gracias a su ayuda y trabajo en equipo... ¡por fin todos podían descansar en paz!

 

 

Moraleja: No hace falta que seamos iguales ni que compartamos el mismo espacio para ser buenos amigos.

 

10/06/2026

                        JUAN GARCÍA INES

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