sábado, 25 de julio de 2026

la colmena, el abejaruco y el niño

 

la colmena, el abejaruco y el niño

Era una ladera muy, pero que muy empinada. un bosque mágico donde los animales hablaban con los niños y donde crecían toda clase de árboles, ¡unos gigantescos y otros pequeñitos! Por allí cerca, los campesinos habían cavado pozas de agua para regar sus huertos. En los meses de primavera, el lugar se convertía en un estallido de colores gracias a las flores: había amapolas rojas, margaritas blancas y un sinfín de plantas más.

En medio de los bancales, se levantaba un viejo cobertizo de madera y adobes. En su interior se cobijaban varias colmenas repletas de abejas. Cuando se ponían a trabajar, hacían un ruido ensordecedor: ¡Run, run, run! Ese zumbido era una excelente señal: ¡significaba que fabricaban miel a todo ritmo!

Cada tarde, al salir de la escuela, el hijo del dueño corría hacia el cobertizo. Se sentaba muy cerquita de la piquera —la pequeña puerta de la colmena— y se quedaba embobado viendo el movimiento. Unas abejas entraban cargadas de polen y otras salían zumbando a buscar más. Era un ir y venir constante.

Pero una tarde, el niño notó algo extraño. ¡La entrada de la colmena estaba rota y agrandada!

—¿Quién habrá hecho esto? —se preguntó, preocupado.

Para resolver el misterio, al día siguiente que era fin de semana el niño inventó una pequeña mentirijilla. Les dijo a sus padres que se iba a dar un paseo por el bosque. En realidad, ¡quería convertirse en detective! Se escondió detrás de unos matojos cerca de la colmena y esperó pacientemente, para averiguar el enigma que se encontraba detrás de esos agujeros.

De repente, vio un ave de plumas de mil colores volando en círculos.

¡Era un abejaruco! El pájaro se acercó a la piquera destrozada y se introdujo en ella para comerse a las indefensas abejas.

—¡Dios mío, no puede ser! ¿Qué puedo hacer? —exclamó el niño con el corazón a mil por hora.

Entonces, se acordó de su gran amigo: un alcotán, que es un tipo de halcón pequeño. De vez en cuando, el niño le daba de comer en la palma de su mano, así que tenían una conexión mágica. El niño silbó y el halcón bajó del cielo, posándose en su brazo.

El ave miró de frente al pequeño y, al verlo tan preocupado, le preguntó con su voz de pájaro sabio:

—¿Qué te pasa, amigo? Te veo muy triste.

El niño, casi llorando, le contó el malvado plan del abejaruco. El halcón batió sus alas con firmeza y le dijo:

—No te preocupes. ¡Yo me encargo!

 A partir de ese día, el halcón se escondió entre las ramas de los árboles más altos para vigilar. Mientras tanto, el niño le llevaba comida para que no tuviera que abandonar su puesto.

Una tarde, el confiado abejaruco regresó a la colmena para darse otro banquete. Pero no contaba con el guardián. ¡El halcón se lanzó desde las alturas como un rayo dorado! Con una agilidad asombrosa, atrapó al abejaruco con sus garras y bajó a la tierra sin hacerle daño, pero con firmeza.

—¿Por qué haces esto? —le preguntó el halcón con voz severa—. ¿Por qué rompes la piquera de las colmenas?  ¿No ves que ellas viven allí, se protegen y hacen miel para endulzar la vida de los niños?

—Yo... yo... —tartamudeaba el abejaruco, temblando de miedo—. No... ¡no sabía eso!

—Pues ahora ya lo sabes —respondió el halcón—. Te voy a perdonar la vida y te dejaré seguir volando libre, pero antes dime: ¿cómo vas a reparar el agujero que has hecho en la colmena?

El abejaruco, queriendo arreglar su error, pensó rápido:

—¡Ah, ya sé! Yo soy muy amigo de las golondrinas, y ellas son unas arquitectas expertas manejando el barro. Iré a hablar con ellas de inmediato.

El abejaruco voló hacia el nido de las golondrinas. Al verlo llegar, estas le preguntaron sorprendidas:

—¿Cómo es que vienes por aquí, con lo presumido que eres con tu traje de colores?

—Por favor, amigas, vengo a pedirles un gran favor —dijo el abejaruco, avergonzado. Y les contó el estropicio de la colmena.

Las golondrinas, que tenían un gran corazón, aceptaron ayudarlo, pero le pusieron una condición:

—¡Eso está hecho! Pero tienes que prometer que serás más humilde y que no volverás a dejarnos de lado solo por creer que eres el más elegante del bosque.

—¡Bueno, bueno! Les haré caso, lo prometo —asintió el abejaruco.

Esa misma tarde, las golondrinas y el abejaruco trabajaron en equipo y dejaron la puerta de la colmena perfecta y reluciente con barro fresco.

Desde entonces, el halcón sigue posándose feliz en la mano de su amigo el niño, el abejaruco aprendió a valorar a las golondrinas, y las abejas, tranquilas y contentas, ¡produjeron más miel que nunca para endulzar el mundo de los niños!

 MORALEJA: LA VERDADERA VALENTÍA NO ESTÁ EN NO COMETER ERRORES, SINO EN TENER LA HUMILDAD DE RECONOCERLOS Y ESFORZARSE POR REPARAR EL DAÑO QUE HEMOS CAUSADO.                 

20/05/2026

                                         JUAN GARCÍA INES

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