El
pastorcito y la tormenta
Era
un verano de esos en los que el calor quemaba hasta las piedras. ¡Era tanto el
bochorno! Las ovejas, sofocadas, se amorraban unas con otras; no se atrevían a
salir del corral ni a dejar las sombras protectoras de los árboles. Por eso, el
pastorcito solo las sacaba a pastar después de que el sol se ocultase
majestuosamente detrás de las montañas.
Cuando
el fresco de la tarde por fin acariciaba la tierra, las ovejas salían a los
rastrojos bajo el atento mando del joven pastor y de una perrita fiel que
marchaba a su vera. ellas, no dejaban espiga sobre el rastrojo, que los
segadores no habían podido recoger, recorrían los eriales arrebañando algún
tallo que, aunque estuviese espigado, las sabía a gloria.
Entre el blanco y negro del rebaño de ovejas
destacaban algunas cabras intrépidas. ¡Esas sí que sabían divertirse! En cuanto
veían algún árbol como un chaparro u otros arbustos, los ramoneaban con
entusiasmo. ¡Son únicas para limpiar los bosques!
La
noche avanzaba pacífica hasta que, de repente, a medianoche, el cielo se
transformó. Unas nubes oscuras como el carbón empezaron a teñirse de un rojo
encendido.
Chocaban
entre ellas con furia, desatando unos relámpagos inmensos que iluminaban de
golpe la tierra y el firmamento. ¡El cielo entero parecía arder!
—¡Dios
mío! —decía el pastorcito con la voz entrecortada—. ¡Tengo mucho miedo!
El
muchacho temblaba como una hoja, pero su perrita Chispa —llamada así por ser
veloz como el rayo y por cuidar los lindes con una maestría asombrosa— se
acercó a él.
—¡Guau,
guau, guau! —le ladró con dulzura.
Con
esos ojos brillantes, quería decirle: «¡No tengas miedo, que me tienes a mí!».
Allá
a lo lejos, se divisaba una frondosa chopera. El pastorcito, asustado, pensó en
correr a resguardarse allí, pero Chispa, rápida como el pensamiento, comenzó a
tirarle del pantalón con insistencia. ¡No vayas a esa chopera, es peligroso!
Los rayos siempre buscan las alturas.
Esa
perrita tenía un auténtico sexto sentido. Mientras tanto, las ovejas, guiadas
por su instinto, ya caminaban en dirección al corral, que se encontraba a una
gran distancia. De repente... ¡BUM! Un rayo cegador iluminó todo el campo y el
cielo, cayendo con un estruendo brutal y rajando de arriba abajo un árbol de
aquella chopera.
El
pastorcito, con el corazón en un puño, miró a su perrita.
—¡Gracias,
Chispa! —le susurró, agradecido por haberle salvado la vida con aquel oportuno
tirón de pantalón.
Sin
embargo, el pánico de aquella terrible tormenta lo desconcertó por completo.
Nublado por el miedo, el pastorcito quería correr hacia el corral, pero ¡en
dirección contraria a las ovejas! Empeñado en que el rebaño fuera por el camino
que él creía correcto, se plantó
delante
de los animales para hacerlos cambiar de rumbo.
El
pastorcito insistía, pero Chispa, que jamás perdía el sentido de la
orientación, volvió a la carga y le tiró del pantalón otra vez.
—¡Que
no, Chispa que no! —le decía el pastorcito, obcecado—. ¡Por ahí no es!
La
perrita, viendo que no podía convencer al muchacho por las buenas, tomó una
decisión audaz: se puso al frente del rebaño y aceleró el paso.
Las ovejas la siguieron a buen ritmo, dejando
al pastorcito atrás, solo en la penumbra, a ver si así reaccionaba y se daba
cuenta de su error.
—¿Será
posible que los animales tengan mejor sentido de la orientación que yo? —se
preguntó el pastorcito, asombrado, mientras la tormenta rugía cada vez con más
fuerza.
Ante
su total desconcierto, el muchacho finalmente cedió:
—¡Bueno,
bueno, de acuerdo!
Y se
puso a la cola del rebaño. Al ver esto, la noble Chispa corrió en su busca, lo
empujó cariñosamente para ponerlo de nuevo al frente y le hizo entender que
solo debía dejarse guiar por el sabio instinto animal.
¡Y
así ocurrió el milagro! Entre relámpagos iluminando la noche y truenos que
hacían vibrar el suelo, llegaron por fin sanos y salvos a la majada. Al cruzar
el umbral, la mente del pastorcito se aclaró y recuperó la orientación.
Aliviado pero avergonzado por su desorientación, se sintió muy triste. Se
retiró a un rincón oscuro del corral y, en silencio, dejó caer unas lágrimas de
frustración.
Chispa,
que lo observaba todo con su infinita ternura, miró a las ovejas y a las cabras
y pareció decirles: «¡Tenemos a nuestro guía llorando!». Entonces ocurrió algo
maravilloso.
Todo
el rebaño se acercó a él. Las ovejas saltaban y balaban con dulzura, y Chispa
daba ladridos repletos de pura alegría. Rodearon por completo al pastorcito,
transmitiéndole su calor, invitándolo a saltar y a celebrar con ellas. ¡Estaban
a salvo! La tormenta había quedado atrás y el corral se llenó de una inmensa y
emocionante felicidad.
MORALEJA:
«CUANDO LA TORMENTA NUBLE TU CAMINO Y EL MIEDO TE CIEGUE, SUELTA EL CONTROL Y
CONFÍA EN EL INSTINTO DE QUIENES CAMINAN A TU LADO.
21/05/2026
JUAN GARCÍA
INES
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