sábado, 25 de julio de 2026

El pastorcito y la tormenta

 

El pastorcito y la tormenta

Era un verano de esos en los que el calor quemaba hasta las piedras. ¡Era tanto el bochorno! Las ovejas, sofocadas, se amorraban unas con otras; no se atrevían a salir del corral ni a dejar las sombras protectoras de los árboles. Por eso, el pastorcito solo las sacaba a pastar después de que el sol se ocultase majestuosamente detrás de las montañas.

Cuando el fresco de la tarde por fin acariciaba la tierra, las ovejas salían a los rastrojos bajo el atento mando del joven pastor y de una perrita fiel que marchaba a su vera. ellas, no dejaban espiga sobre el rastrojo, que los segadores no habían podido recoger, recorrían los eriales arrebañando algún tallo que, aunque estuviese espigado, las sabía a gloria.

 Entre el blanco y negro del rebaño de ovejas destacaban algunas cabras intrépidas. ¡Esas sí que sabían divertirse! En cuanto veían algún árbol como un chaparro u otros arbustos, los ramoneaban con entusiasmo. ¡Son únicas para limpiar los bosques!

La noche avanzaba pacífica hasta que, de repente, a medianoche, el cielo se transformó. Unas nubes oscuras como el carbón empezaron a teñirse de un rojo encendido.

Chocaban entre ellas con furia, desatando unos relámpagos inmensos que iluminaban de golpe la tierra y el firmamento. ¡El cielo entero parecía arder!

—¡Dios mío! —decía el pastorcito con la voz entrecortada—. ¡Tengo mucho miedo!

El muchacho temblaba como una hoja, pero su perrita Chispa —llamada así por ser veloz como el rayo y por cuidar los lindes con una maestría asombrosa— se acercó a él.

—¡Guau, guau, guau! —le ladró con dulzura.

Con esos ojos brillantes, quería decirle: «¡No tengas miedo, que me tienes a mí!».

Allá a lo lejos, se divisaba una frondosa chopera. El pastorcito, asustado, pensó en correr a resguardarse allí, pero Chispa, rápida como el pensamiento, comenzó a tirarle del pantalón con insistencia. ¡No vayas a esa chopera, es peligroso! Los rayos siempre buscan las alturas.

Esa perrita tenía un auténtico sexto sentido. Mientras tanto, las ovejas, guiadas por su instinto, ya caminaban en dirección al corral, que se encontraba a una gran distancia. De repente... ¡BUM! Un rayo cegador iluminó todo el campo y el cielo, cayendo con un estruendo brutal y rajando de arriba abajo un árbol de aquella chopera.

El pastorcito, con el corazón en un puño, miró a su perrita.

—¡Gracias, Chispa! —le susurró, agradecido por haberle salvado la vida con aquel oportuno tirón de pantalón.

Sin embargo, el pánico de aquella terrible tormenta lo desconcertó por completo. Nublado por el miedo, el pastorcito quería correr hacia el corral, pero ¡en dirección contraria a las ovejas! Empeñado en que el rebaño fuera por el camino que él creía correcto, se plantó

delante de los animales para hacerlos cambiar de rumbo.

 Pero las ovejas no le hicieron caso. Ellas sabían perfectamente que iban en la dirección correcta para ponerse a salvo.

El pastorcito insistía, pero Chispa, que jamás perdía el sentido de la orientación, volvió a la carga y le tiró del pantalón otra vez.

—¡Que no, Chispa que no! —le decía el pastorcito, obcecado—. ¡Por ahí no es!

La perrita, viendo que no podía convencer al muchacho por las buenas, tomó una decisión audaz: se puso al frente del rebaño y aceleró el paso.

 Las ovejas la siguieron a buen ritmo, dejando al pastorcito atrás, solo en la penumbra, a ver si así reaccionaba y se daba cuenta de su error.

—¿Será posible que los animales tengan mejor sentido de la orientación que yo? —se preguntó el pastorcito, asombrado, mientras la tormenta rugía cada vez con más fuerza.

Ante su total desconcierto, el muchacho finalmente cedió:

—¡Bueno, bueno, de acuerdo!

Y se puso a la cola del rebaño. Al ver esto, la noble Chispa corrió en su busca, lo empujó cariñosamente para ponerlo de nuevo al frente y le hizo entender que solo debía dejarse guiar por el sabio instinto animal.

¡Y así ocurrió el milagro! Entre relámpagos iluminando la noche y truenos que hacían vibrar el suelo, llegaron por fin sanos y salvos a la majada. Al cruzar el umbral, la mente del pastorcito se aclaró y recuperó la orientación. Aliviado pero avergonzado por su desorientación, se sintió muy triste. Se retiró a un rincón oscuro del corral y, en silencio, dejó caer unas lágrimas de frustración.

Chispa, que lo observaba todo con su infinita ternura, miró a las ovejas y a las cabras y pareció decirles: «¡Tenemos a nuestro guía llorando!». Entonces ocurrió algo maravilloso.

Todo el rebaño se acercó a él. Las ovejas saltaban y balaban con dulzura, y Chispa daba ladridos repletos de pura alegría. Rodearon por completo al pastorcito, transmitiéndole su calor, invitándolo a saltar y a celebrar con ellas. ¡Estaban a salvo! La tormenta había quedado atrás y el corral se llenó de una inmensa y emocionante felicidad.

 

MORALEJA: «CUANDO LA TORMENTA NUBLE TU CAMINO Y EL MIEDO TE CIEGUE, SUELTA EL CONTROL Y CONFÍA EN EL INSTINTO DE QUIENES CAMINAN A TU LADO.

21/05/2026                     

                                  JUAN GARCÍA INES

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