sábado, 25 de julio de 2026

Las niñas, el abejorro y las mariposas

 

Las niñas, el abejorro y las mariposas

Eran dos niñas que, al salir del colegio, adoraban alejarse del pueblo para adentrarse en la naturaleza y observar todo lo que sucedía a su alrededor.

Era el mes de mayo, esa época donde todas las plantas miran al cielo y alargan sus tallos para intentar tocar al sol, de quien reciben luz y calor. Pero también estiran sus brazos hacia la luna llena, de la cual reciben luz por la noche. Aquellas niñas observaban asombradas cómo los ajos asomaban de la tierra en busca del firmamento, aunque sus raíces, presas en el suelo, no los dejaban escapar.

Mientras caminaban entre hierbas y flores, veían a los insectos posarse aquí y allá. Entre ellos destacaba un abejorro, el más grande de todos, cuyo ronroneo constante desorientaba a las mariposas mientras él iba de flor en flor recolectando su dulzura.

Las mariposas —elegantes y silenciosas— se dirigieron a él hablándole muy bajito, pero el abejorro no las oía y seguía con su zumbido.

Las flores vibraban tanto que ellas no podían posarse. Entonces, la mariposa más vieja se le acercó y le increpó:

—¡Oye, tú, velludo! ¿Puedes dejar de hacer ruido por un momento? Esas vibraciones parecen un terremoto.

A lo que el abejorro contestó:

—¡Anda ya! Vosotras, con esa espiritrompa, estáis feísimas; parece el ganchillo con el que esas niñas hacen sus labores. Además, vosotras no polinizáis las flores.

—¡Mentira! —dijo la mariposa muy enfadada—. Nosotras también polinizamos.

—Pero no tanto como nosotros —sentenció el abejorro.

Las niñas escuchaban aquella conversación "subida de tono" y se acercaron a unas cañas que el hortelano había puesto para los tomates y las judías. Allí, las hembras de abejorro suelen poner sus huevos. Al verlas llegar, el abejorro las amenazó con morderlas si no se alejaban; las niñas, asustadas, obedecieron.

El insecto solo tenía miedo de que destruyeran su nido y por eso se puso agresivo, retomando luego su ruidoso ronroneo.

En ese momento, las elegantes mariposas se acercaron curiosas al nido. De pronto, la hembra salió de la caña con tal violencia que le rompió un trozo de ala a una de las mariposas. Esta comenzó a llorar desconsolada:

—¡Ya no puedo volar ni alimentarme! ¿Qué será de mí?

Sus compañeras la rodearon para darle ánimos. El abejorro, que lo había observado todo, se ablandó y se acercó a la herida:

—Aunque me veas muy bruto, quiero ayudarte —le dijo.

—¡¿Cómo?! —exclamó la mariposa.

—Mira, pósate en mi espalda.

—¡Pero si no puedo subir!

 Entonces entró en acción la hembra del abejorro. Que, con sus pinzas y mucha delicadeza, colocó a la mariposa sobre la espalda del macho,

 quien voló con ella para que pudiera posarse en las flores. Una abeja que pasaba por allí, al ver el tierno detalle de su primo el abejorro, la dijo:

—Aunque no fabriques miel, eres muy importante para la naturaleza.

Para las niñas, aquello no fue solo un paseo, sino una gran lección de vida sobre el equilibrio y la solidaridad en el ecosistema.

MORALEJA: "NADIE ES TAN RUDO QUE NO PUEDA SER COMPASIVO, NI TAN ELEGANTE QUE NO NECESITE AYUDA.

11/05/2026                       JUAN GARCÍA INES

 

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