Las niñas, el
abejorro y las mariposas
Eran dos niñas que, al salir del colegio,
adoraban alejarse del pueblo para adentrarse en la naturaleza y observar todo
lo que sucedía a su alrededor.
Era el mes de mayo, esa época donde todas las
plantas miran al cielo y alargan sus tallos para intentar tocar al sol, de
quien reciben luz y calor. Pero también estiran sus brazos hacia la luna llena,
de la cual reciben luz por la noche. Aquellas niñas observaban asombradas cómo
los ajos asomaban de la tierra en busca del firmamento, aunque sus raíces,
presas en el suelo, no los dejaban escapar.
Mientras caminaban entre hierbas y flores,
veían a los insectos posarse aquí y allá. Entre ellos destacaba un abejorro, el
más grande de todos, cuyo ronroneo constante desorientaba a las mariposas
mientras él iba de flor en flor recolectando su dulzura.
Las mariposas —elegantes y silenciosas— se
dirigieron a él hablándole muy bajito, pero el abejorro no las oía y seguía con
su zumbido.
Las flores vibraban tanto que ellas no podían
posarse. Entonces, la mariposa más vieja se le acercó y le increpó:
—¡Oye, tú, velludo! ¿Puedes dejar de hacer
ruido por un momento? Esas vibraciones parecen un terremoto.
A lo que el abejorro contestó:
—¡Anda ya! Vosotras, con esa espiritrompa,
estáis feísimas; parece el ganchillo con el que esas niñas hacen sus labores.
Además, vosotras no polinizáis las flores.
—¡Mentira! —dijo la mariposa muy enfadada—.
Nosotras también polinizamos.
—Pero no tanto como nosotros —sentenció el
abejorro.
Las niñas escuchaban aquella conversación
"subida de tono" y se acercaron a unas cañas que el hortelano había
puesto para los tomates y las judías. Allí, las hembras de abejorro suelen
poner sus huevos. Al verlas llegar, el abejorro las amenazó con morderlas si no
se alejaban; las niñas, asustadas, obedecieron.
El insecto solo tenía miedo de que
destruyeran su nido y por eso se puso agresivo, retomando luego su ruidoso
ronroneo.
En ese momento, las elegantes mariposas se
acercaron curiosas al nido. De pronto, la hembra salió de la caña con tal
violencia que le rompió un trozo de ala a una de las mariposas. Esta comenzó a
llorar desconsolada:
—¡Ya no puedo volar ni alimentarme! ¿Qué será
de mí?
Sus compañeras la rodearon para darle ánimos.
El abejorro, que lo había observado todo, se ablandó y se acercó a la herida:
—Aunque me veas muy bruto, quiero ayudarte
—le dijo.
—¡¿Cómo?! —exclamó la mariposa.
—Mira, pósate en mi espalda.
—¡Pero si no puedo subir!
quien
voló con ella para que pudiera posarse en las flores. Una abeja que pasaba por
allí, al ver el tierno detalle de su primo el abejorro, la dijo:
—Aunque no fabriques miel, eres muy
importante para la naturaleza.
Para las niñas, aquello no fue solo un paseo,
sino una gran lección de vida sobre el equilibrio y la solidaridad en el
ecosistema.
11/05/2026 JUAN GARCÍA INES
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